¿Hacia dónde va Venezuela ahora?

 

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Es el momento de hacer una actualización de escenarios y hablar de la estrategia del conflicto. Como preámbulo, debo confesar que decidí autocensurarme en las últimas cuatro semanas por tres razones: primero, estuve evadiendo indicadores (variables) por el temor de llegar a conclusiones pesimistas que no sólo me desesperanzaran individualmente sino también a mi gente. Segundo, por respeto a todos los venezolanos que estuvieron en las calles exponiendo sus vidas, en días claves que demandaban más acción -para mantener la protesta activa- que análisis político. Tercero, el año pasado y a comienzos de enero analice –ex-ante–  lo que está ocurriendo –tanto las protestas con muertos como la farsa electoral que quiere imponer Maduro-, de manera que juzgué incensario llover sobre mojado.

Transición sin elecciones

La ruptura política del régimen por la vía electoral es poco probable. Más bien, me da la impresión de que la transición –cuando sea que ocurra- no será hacia la democracia sino “desde” el autoritarismo. Esto significa que no habría elección presidencial sino después que Maduro salga de Miraflores y se constituya un gobierno encargado, ahora sí, de materializar una transición “hacia” la democracia (si te interesa ahondar en “transitología”, el punto de partida es el clásico de Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter “Transiciones desde un gobierno autoritario”).

En este sentido, celebro el cambio de postura de la dirigencia opositora y de algunos formadores de opinión, en cuanto a reconocer que las protestas –como las del 2014 y las actuales- son necesarias para buscar una solución a la crisis. Ahora bien, el régimen tuvo que disolver –de facto- la Asamblea Nacional, suspender indefinidamente los procesos electorales constitucionales e inhabilitar nuevos líderes políticos para que ese liderazgo, viéndose ahora con el cuchillo en la propia barriga, entendiera lo que ya veníamos pronosticando desde hace años: la improbabilidad de una salida electoral y la necesidad de luchar por la democracia en la calle. Y sin ánimo de atizar la candela, es justo dejar sentado que tal egoísmo e indeterminación, costó en parte la libertad de Leopoldo López, de Antonio Ledezma y de otros presos políticos, así como las vidas de hermanos venezolanos, quienes levantaron su voz tempranamente, en contra de un régimen que nunca ha creído en elecciones democráticas. Por otra parte, no nos preocupemos si los líderes de la MUD insisten en elecciones –tal vez yo, en su posición, también haría lo mismo, sobre todo ahora que el chavismo es una minoría en desgracia. Pero el hecho de pedir a la gente que proteste masivamente en la calle y dirigirse de forma pública, inédita y constante a la Fuerza Armada para que ponga el cascabel al gato, es un reconocimiento tácito de que no perciben una ruptura política resultante de elecciones.

Violencia, violencia, violencia

La estrategia del gobierno ha sido lo que yo llamo “la paz de Versalles”, porque no están interesados en alcanzar un acuerdo de muto beneficio sino en pisotear a la oposición, mientras compran más tiempo en el poder y se recuperan económicamente y políticamente. Como se infiere, ese tipo de paz no es duradera, lo cual se evidenció con el “diálogo” del 2014 y su redición en el 2016, iniciativas éstas que apenas lograron contener al pueblo circunstancialmente. El nuevo paquete chileno denominado “constituyente comunal” está enmarcado en la misma lógica. Observamos que tal estrategia instaura un patrón de violencia intermitente in crescendo, es decir, neutralizan la protesta por un tiempo pero ésta resurge eventualmente con mayor fuerza desestabilizadora.

Actualmente, hay incertidumbre sobre cómo terminará la más reciente revuelta social. En este sentido, encontramos una nueva variable que está interactuando con una variable subyacente, a saber: hasta el 2016 la oposición venía transando con el chavismo desmovilizaciones por “diálogo”. Este fue un error que, al parecer, no cometerán por tercera vez. Luego tenemos la agudización de la crisis económica, un fenómeno que intensificará el descontento general hacia Maduro. Observamos, entonces, ingredientes propios de un coctel explosivo que podría aumentar la violencia y prolongarla, ante la intransigencia de Maduro. Una potencial variable emergente sería la fatiga. El régimen está apostando al cansancio y a la desmoralización de los manifestantes. En caso de que esta última variable se imponga, podríamos entrar en el ciclo de la violencia intermitente in crescendo, comentada en el párrafo anterior (2014 – 2017 – ¿?).

Lo que yo quisiera vs. Lo que podría ocurrir

Si fuera por mí, no habría nada que negociar, pues, la ruptura del orden constitucional y democrático obliga a la celebración de elecciones generales. En mi escenario deseado, la oposición gana por paliza y Maduro, junto con su banda de civiles y militares delincuentes quedan inhabilitados políticamente de por vida y bajo rejas –por corrupción, crímenes de lesa humanidad, traición a la patria, y un largo etc.

Para que mi sueño se haga realidad yo tengo que obligar a Maduro y compañía a aceptar una rendición incondicional. Esto solo es posible si cuento con un poder avasallante y/o total sobre mi contraparte. Cuando despierto del sueño, me doy cuenta que en este momento el control de las armas lo tiene el gobierno, en vista del apoyo que reciben del alto mando militar. Esto significa que, en principio, estoy obligado a negociar una salida del conflicto bajo ciertos términos y condiciones.

Esa realidad adversa me enfrenta a un dilema inmediato, para que salgan del poder y dejen al país vivir en paz, debo garantizarles un salvoconducto, aún en contra de mi descomunal anhelo de justicia. Sin embargo, es importante enfatizar que todos los estudios de opinión que he leído indican que la mayoría de los venezolanos no tienen este dilema. La gente no está buscando culpables o vengadores (aparentemente aprendimos la lección, gracias a Dios) sino ¡soluciones!

En caso que yo no quiera negociar o sea mi contraparte quien se niegue a buscar una salida pacífica ganar-ganar, el único camino es la confrontación suma cero –o te saco o muero en el intento. El tema es que como no tengo armas de fuego, antes de armarme, lo más inmediato -en términos de costo oportunidad- es intentar poner en tres y dos la Fuerza Armada –o lo sacas o me matas defendiéndolo.

Desde luego, me niego a la idea de la confrontación. Sin embargo, si ese fuera el único recurso que deja el régimen, entonces, los ciudadanos tendrán que obligar a Maduro a dar la orden de sacar al ejército a la calles. Venezuela tendría que llegar a ese momento de quiebre, en el cual la población civil reta a una institución a decidir hacia dónde apuntar sus fúsiles.

En lo personal, preferiría una negociación, por ser la vía más civilizada, pacífica y menos traumática. Aunque sé cuál es el camino hacia la libertad si la ruta de la concertación está cerrada, sólo he pedido a mis compatriotas venezolanos salir a las calles a arriesgar sus vidas, cuando he estado al frente de esas protestas, algo que no pasará sino hasta que pueda regresar a mi país. Acá, únicamente hago el planteamiento para que cada quien asuma su propia responsabilidad y decida individualmente qué hacer.

Por otra parte, si las estadísticas sobre transiciones de los politólogos Stephan Haggard y Robert R. Kaufman son acertadas (Dictadores y Demócratas 2016), lo más probable es que la ruptura en Venezuela sea institucional -de arriba hacia abajo-, a través de una intervención militar.

En todo caso, recuerda que he planteado conjeturas y proyecciones, el futuro no está prescrito, somos nosotros quienes moldeamos los cambios. Algo que sí puedo asegurarte es que ¡Maduro está perdiendo en este momento! ¡Si se puede Venezuela!

 

La versión publicada en LaPatilla.com está disponible aquí: http://www.lapatilla.com/site/2017/05/15/hacia-donde-va-venezuela-ahora-por-claudiopedia/

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