¿Maduro y Capriles quieren violencia?

A pesar de los clásicos dimes y diretes mediáticos, el más reciente episodio electoral ha sido manejado por Maduro y Capriles con la delicadeza que amerita este caso. Gracias a ello, se pudo bajar la intensidad de una confrontación que ponía en riesgo inmediato la vida de cientos, quizás miles, de seres humanos. “Por ahora” o “mientras tanto”, se ha logrado mantener la violencia a raya; en niveles socialmente tolerables.

Objetivamente hablando, a ninguno de los dos bandos le conviene la violencia como fuente de legitimidad. Si Henrique hubiese querido provocar un golpe de Estado, como ha denunciado el gobierno, ¿había un mejor momento que la media noche del lunes 15 de abril para pedirle a sus más de 7.2 millones de seguidores que salieran eufóricos a la calle para protestar los resultados recién anunciados?

Si el plan tenía naturaleza desestabilizadora ¿qué le costaba al candidato opositor desacatar la orden de Maduro y marchar con la otra mitad de Venezuela hacia el CNE el miércoles 17 de abril, según lo previsto? Capriles no hizo ni una cosa ni la otra. Los hechos demuestran que el flaco persigue exclusivamente la alternativa democrática-institucional y por tanto, aun teniendo pruebas de las irregularidades electorales en su mano, no está resteado con la posibilidad de ser presidente de Venezuela si esto implica tener muertos masivos atormentando su conciencia.

¿Acaso Henrique y sus estrategas ignoran que sin miles de personas protestando en las calles es imposible reeditar el 11 de abril, por la imprescindible concurrencia cívico-militar? Definitivamente lo saben pero como no andan tras ese objetivo, se tomó la medida pacífica de mandar a “recoger a la gente para su casa” que, por cierto, favoreció principalmente al gobierno pues creó una especie de toque de queda, de facto, que le permitió a Maduro guardarse la carta de la represión.

¿Por qué al chavismo tampoco le “sirve” otro 11A? Más allá de las lealtades, la desobediencia civil generalizada obligaría al Gobierno a colocar a los militares en la difícil situación de decidir entre Maduro o el pueblo, entre matar civiles o solicitarle la renuncia del cargo. En la Fuerza Armada venezolana está firmemente arraigado el pensamiento bolivariano (“Maldito sea el soldado que vuelva las armas contra su pueblo”). Los militares desprecian cualquier posibilidad de poner sus vidas en riesgo masacrando civiles -que además pueden ser sus madres, hermanos, hijos o amigos. En muchos oficiales, sigue fija la imborrable imagen del caracazo…

El mayor costo político de la represión masiva es que elimina, ipso facto, la imagen humana, democrática y legítima de un gobierno aunque sea mayoría en ese momento.

La represión del pueblo representa la “kriptonita” de todo régimen en esta era de medios de comunicación globalmente interconectados.

Adicionalmente, la etapa actual de la revolución venecubana tiene al mando a una elite que lo que anda buscando, precisamente, es legitimidad de origen para poder arrancar de una buena vez el periodo postchavista de radicalización. Y si siente que la ha obtenido ¿por qué querrían debilitar tal legitimidad provocando desestabilización?

Mi reflexión

El orden democrático prohíbe la administración de la violencia como recurso habitual para mantenerse o acceder al poder. Desde este espacio, deploro los actos violentos sucedidos antes, durante y después del 14 de abril, así como sus motivaciones y origen.

Necesariamente ambos sectores  de  la sociedad deben ver satisfechas sus mínimas aspiraciones de convivencia; algo que únicamente puede lograrse sin traumas mediante la resolución pacífica, consensuada y sustentable de esta crisis política.

“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia y solidaridad.” Juan Pablo II.

http://www.eluniversal.com/opinion/130502/maduro-y-capriles-quieren-violencia

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