Legitimidad en Zimbabue

La firma del acuerdo político entre Robert Mugabe y el líder opositor Morgan Tsvangirai, luego de siete semanas de intensas negociaciones para ponerle fin a la crisis política en Zimbabue, representa una oportunidad hacia el forjamiento de una sociedad libre y democrática en la nación africana -uno de los países más pobres y económicamente desvastados del mundo.

La crisis generadora del acuerdo histórico y el contenido de este último derivan de un mismo fenómeno, a saber, la carencia de legitimidad de origen y de legitimidad en el ejercicio del poder por parte de Mugabe, quien reaccedió a la primera magistratura de su país a través de un polémico proceso electoral. A partir de está “victoria”, Mugabe pretendió seguir gobernando bajo el mismo modelo “anticolonial” con que generó tantas expectativas hace ya casi treinta años atrás. Actualmente, tal discurso se ha convertido en una excusa para su perpetuación en el poder; con el costo asociado de miseria y atraso reinante a lo largo y ancho de la antigua Rodesia del Sur.

En tal sentido, la firma del acuerdo evidencia cómo el aspecto político ha prevalecido sobre el aspecto jurídico dentro del marco del discurso y pragmatismo de los líderes africanos. Por un lado, Mugabe ha cedido parte del poder a Tsvangirai tras darse cuenta que la crisis no versaba meramente sobre la legalidad de un proceso electoral. Ahora bien, con la firma de este documento la oposición reconoce, de forma tácita, la legalidad y legitimidad de la función pública que ejerce y seguirá ejerciendo Mugabe como jefe de Estado. De este modo el octogenario se ha asegurado una buena tajada de poder.

Por otro lado, Mugabe ha reconocido, a través de este acuerdo, que no cuenta con el respaldo popular suficiente como para gobernar el país con estabilidad política y por ello reviste de legalidad y de legitimidad el nuevo rol de Tsvangirai como primer ministro. Irónicamente, Tsvangirai ha accedido al poder por medio de un consenso político en lugar del voto popular. Tal situación contradice uno de los requisitos esenciales de un sistema democrático. No obstante, en un país donde no existe una democracia tal hecho pudiera pasar desapercibido.

En tal respecto, Tsvangirai hizo saber a la comunidad internacional que firmaba el acuerdo como un primer paso para la constitución de un sistema democrático en su país. Y esta idea pareciera ser el motivo por el cual los actores internacionales que intervinieron en el proceso de negociación, tales como la ONU, la Unión Africana, Suráfrica, entre otros, han dado su expreso visto bueno al pacto Mugabe-Tsvangirai. En todo caso, este episodio hace papable las palabras de uno de los oradores de orden en la Reunión de Harare (donde se firmó el acuerdo) quien afirmó que éste era un problema de África, resuelto por los africanos a la africana.

Es posible que el pacto Mugabe-Tsvangirai se convierta en un nuevo paradigma en la forma de hacer política en África y sirva como ejemplo para futuras transiciones de poder en dicho continente. El clásico revestimiento de legalidad de los fraudes electorales al que han apelado muchos líderes africanos desde la descolonización -con el propósito de permanecer en el poder por décadas-, pareciera estar llegando a su fin. En adelante, los dictadores de turno lo pensarán dos veces antes de acometer la vieja táctica.

http://www.eluniversal.com/2008/09/17/opi_art_legitimidad-en-zimba_17A1991163.shtml

Advertisements

Entre imperios

La Haya, 8 de agosto ante meridiem; recibo una llamada inesperada de mi amiga Tamar Abramishvili -quien trabaja en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Georgia. Muy angustiada me comenta: “estamos en guerra… Los rusos están masacrando civiles a cada minuto… Nos han advertido que si no nos retiramos de Osetia del Sur, bombardearán Tiflis… Este es el precio que estamos pagando por adoptar un sistema democrático…”

En efecto, Tamar forma parte del equipo de trabajo del joven presidente Mijaíl Saakashvili, quien ascendió al poder  tras el éxito de la pacífica Revolución Rosa en 2003. Se trata de una generación que, culminada la Guerra Fría, fue educada con valores libertarios en las universidades y “think tanks” occidentales de mayor prestigio. Quizás ésta haya sido la causa de la alianza estratégica Saakashvili-Estados Unidos sobre el manejo de los oleoductos y gasoductos en el Mar Caspio, el reimpulso de la solicitud de membresía de Georgia en la OTAN y de la reforma político-económica emprendida bajo parámetros occidentales.

Ahora bien, la reciente escalada bélica en Georgia es producto del esfuerzo desesperado de Rusia -un imperio decadente- por mantener influencia y control sobre su patio trasero. Por supuesto, ésta es una conducta clásica de los imperios. Veamos algunas prácticas imperiales recientes. En los años 90, el llamado Imperio de Occidente (conformado por Estados Unidos y la Unión Europea) lanzó, por medio de la OTAN, una “invasión” al territorio de Servia para proteger la provincia separatista de Kosovo y su composición étnica. Se alegó la necesidad de una “intervención humanitaria” garantizada por la fuerza de paz multinacional.

En 2003, Estados Unidos invade Irak en búsqueda de su seguridad energética y de posicionarse geopolíticamente en el Medio Oriente. En tal sentido, la nueva agresión e invasión rusa a la pequeña ex nación soviética de Georgia, guarda estrecha relación con el patrón de comportamiento referido. Incluso, Moscú ha planteado el mismo alegato utilizado, en su oportunidad, por Occidente para controlar los Balcanes. La diferencia es que en este caso, en lugar de Kosovo, se trata de Osetia del Sur -una provincia separatista que (al igual que Abjasia) pretende ser anexionada por la fuerza al territorio ruso.

He aquí donde comienzan ha observarse algunas contradicciones. Por un lado el Imperio de Occidente no reconoce la independencia de las regiones separatistas de Georgia en virtud de que constituiría un dividendo geopolítico para Rusia (acceso a las rutas energéticas en el Cáucaso, etc.). Sin embargo, ha sido, precisamente, el Imperio de Occidente uno de los más fervientes patrocinantes de la fragmentación territorial de Servia. Por otro lado, el Kremlin se opuso a la invasión de Occidente en Servia y, consecuentemente, a la reciente declaración de independencia de Kosovo, en vista del dominio que ejercerían los Estados Unidos y la Unión Europea en los Balcanes, y por temor a sentar un precedente para la provincia separatista de Chechenia. No obstante, Rusia es el principal patrocinante de la fragmentación territorial de Georgia.

Otra potencia emergente es China, cuyo dominio sobre Taiwán permite avizorar su esquema imperial en el largo plazo. Tal fenómeno nos hace dibujar un mapa, que en lo referente al balance de poder y hegemonía mundial, se está dividiendo en dos polos conformados por el Imperio de Occidente y por el Imperio de Oriente (China y Rusia). Cada uno representa valores culturares e ideologías divergentes que pretenden imponer al resto de la humanidad a rajatabla. Frente a esta visión, la idea de países no alineados es una mera pretensión lingüística y falaz en la práctica (como lo fue el caso de Cuba que recibía apoyo soviético durante la Guerra Fría).

Ante este escenario, cada individuo, cada sociedad debe escoger entre dos caminos excluyentes entre sí. Ninguna de estas opciones es sostenible. Ambas degradan la condición del ser. Cada cual a su propia velocidad y ritmo. En el caso de Venezuela, por ejemplo, observamos que el Gobierno se está alineando con China y Rusia al tiempo que se deslinda sistemáticamente de Occidente. Sin duda, dicha alianza ya está generando sus consecuencias…

Pero bien, ¿será acaso posible un tercer camino? donde el hombre deje de ser un lobo para el hombre como apuntaba Hobbes (homo homini lupus). Más allá de mesianismos, consideramos que tarde o temprano aparecerá una alternativa capaz de controlar el egoísmo humano y la ambición desmedida de dominación. Si embargo, es menester reconocer que, lamentablemente, el mundo no es color de rosas y por ello los imperios otorgan mayor prevalencia a sus intereses y seguridad nacional que a la libertad, igualdad y, sobre todo, dignidad de otros pueblos.  Por ahora, el cese definitivo de hostilidades -tras la retirada de Georgia de Osetia del Sur- está sujeto a los resultados que se obtendrían en las acomodaticias negociaciones interrimperiales.

claudioj.sandoval@gmail.com

http://www.eluniversal.com/2008/08/16/opi_art_entre-imperios_16A1913007.shtml